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    Un policía de Texas se apuntó para ayudar al ICE a deportar a sus vecinos. Eso partió al pueblo en dos.

    soreceryBy soreceryOctober 28, 2026No Comments36 Mins Read
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    Oleada en las sombras: En enero de 2025, Trump reactivó un problemático programa de ICE que convierte a policías en agentes de deportación. Más de 29,000 policías locales se han enlistado.. Después de la inundación: Ingram, Texas, apenas estaba reconstruyéndose cuando su policía firmó un acuerdo con el ICE. En menos de un año, los policías entregarían el equivalente al 10% del pueblo.. Policía en el terreno: El policía Jaron Alexander se volvió el rostro local de la ofensiva migratoria nacional. Tras sugerir a su jefe el programa del ICE, lidia a diario con las consecuencias.. These highlights were written by the reporters and editors who worked on this story.. El nuevo patrullero estacionó su Dodge Charger negro frente a una casa cerca de Main Street y se acercó a pie. Sonaba una balada mexicana. Alguien había llamado para quejarse del ruido; aseguraba que se oía como si hubiera gente peleando.. Pero cuando el policía Jaron Alexander se acercó, no encontró nada de eso. Una mujer de mediana edad lo recibió mientras su hija, Joanna Martinez, menuda y con un embarazo que ya se notaba, miraba la escena. “¿Qué clase de fiesta están haciendo?”, recuerda la hija que el policía les preguntó. Detrás de ella había tres generaciones de una familia extensa. Celebraban el bautizo de un bebé de tres meses con pozole verde, horchata y cervezas.. Alexander verificó algunas identificaciones y no encontró problemas. La música ni siquiera sonaba tan alto, pensó. Les deseó buenas noches y se marchó.. Ese encuentro, a principios de octubre del año pasado, fue el primero de muchos que Alexander y Martinez tendrían en Ingram, Texas, un diminuto pueblo de apenas 1.5 millas cuadradas (unos 4 kilómetros cuadrados) y 1,900 habitantes, situado a orillas del río Guadalupe. Pero fue el único antes de que Ingram firmara un acuerdo con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) que sacudiría al pueblo y destrozaría a la familia de Martinez.. “Al principio sentía que ella y yo nos encontrábamos todo el tiempo”, nos contó Alexander en una de las ocho conversaciones que mantuvimos a lo largo de cuatro meses, entrevistas que ofrecen una mirada poco común sobre lo que piensa uno de los policías locales en la primera línea de la campaña de deportación del gobierno del presidente Donald Trump.. En un pueblo tan pequeño como Ingram, que se recorre en carro de un extremo a otro en cinco minutos, quizá era inevitable que hubiera más encontronazos. Ese mismo octubre, Alexander paró a una camioneta de trabajo por pasarse una señal de alto, y de pronto ahí estaba Martinez, exigiéndole que dejara ir a sus amigos en lugar de permitir que inmigración se los llevara. No lo hizo. En noviembre detuvo a otro conductor que resultó ser primo de ella, el papá del bebé cuyo bautizo habían celebrado. Alexander también lo entregó a los agentes de inmigración.. Ingram, un pueblo de menos de 2,000 habitantes, es —o era— un 45% latino. La policía ayudó a deportar el equivalente al 10% de su población.. Él paró el vehículo de Martinez misma unas semanas antes de que diera a luz, según cuenta ella, y la sorprendió porque sabía su nombre y qué coche solía manejar. Le advirtió que el polarizado de las ventanas era ilegal y la dejó ir. Después de eso, cuenta él, alcanzó a verla con su esposo y su hija recién nacida en el pasillo de juguetes de Walmart. Martinez nos dijo que ni siquiera cree que fuera ella a quien vio en Walmart. Su bebé tenía apenas unos días de nacida y no se imaginaba yendo de compras con la niña tan pronto. Pero en el recuerdo de Alexander, ella estaba comprando regalos de Navidad, igual que él.. Alexander, que está a la mitad de sus 30 y tiene el cabello rubio oscuro ya entrecano, dice que no volvió a Ingram para ayudar a deportar a sus vecinos. Según su versión, simplemente terminó haciéndolo parte de su trabajo. En el pueblo había comenzado su carrera policial años atrás, antes de aceptar un puesto mejor pagado en el condado, como ayudante del sheriff. Pero hace poco las cosas empezaron a desmoronarse, primero en su matrimonio y después en la oficina del comisario: una investigación interna de 185 páginas concluyó que tuvo una aventura antes de que su divorcio fuera definitivo, que usó un vehículo del condado para llevarla a cabo y que luego mintió sobre todo ello. Él cuenta que el investigador lo llamó una “vergüenza para la profesión”. La oficina del sheriff lo despidió. (Alexander dijo en ese momento, y nos lo repitió a nosotros, que no tuvo esa aventura).. El Departamento de Policía de Ingram lo volvió a contratar justo cuando su nuevo jefe —el octavo en cinco años— estaba bajo presión del Concejo Municipal para hacer más: más paradas de tránsito, más infracciones, más arrestos, más números. Alexander dice que le comentó al jefe que la oficina del comisario tenía un acuerdo con el ICE y que Ingram debería explorarlo; quizá podría ayudar a que el departamento creciera. “Cúlpenme a mí”, terminó diciéndole a la gente. “De alguna forma, es mi culpa”.. Donald Trump había recuperado la presidencia con la promesa de llevar a cabo “la mayor deportación de la historia de nuestro país”. Estados Unidos aún trataba de entender qué significaba eso. Localizar y expulsar hasta al 4% de la población del país —los 14 millones de habitantes que, según estimaciones, son indocumentados— no era algo que unos cuantos miles de agentes del ICE pudieran hacer por su cuenta.. Ese otoño, en Chicago, y pronto también en Minneapolis, se puso en marcha una de las formas en que la administración podía intentarlo: agentes enmascarados de distintas agencias federales llegaron en oleada a una ciudad liberal para detener a inmigrantes y repelieron —e incluso mataron— a ciudadanos que intentaron interponerse en su camino.. Pero al mismo tiempo, se extendió por el país una oleada más silenciosa. En septiembre de 2025, el ICE anunció nuevos incentivos para un programa de colaboración conocido como 287(g). La forma más agresiva del programa, el llamado “modelo de fuerza de tarea”, que fue la que eligió Ingram, recluta a policías locales como agentes auxiliares de inmigración. Los nuevos incentivos incluían un apoyo de 100,000 dólares para vehículos, un apoyo de 7,500 dólares para equipo por cada policía participante, bonos trimestrales por desempeño y fondos para ayudar a cubrir los sueldos y las horas extra de estos oficiales. “Al unir fuerzas con el ICE”, decía el anuncio, “no solo obtienen acceso a estas oportunidades de reembolso sin precedentes, sino que pasan a formar parte de un esfuerzo nacional para garantizar la seguridad de todas las familias estadounidenses”.. Alexander completó un curso en línea del ICE unas semanas después de la fiesta del bautizo, lo que le daba derecho a cobrar un 50% más por cada hora que trabajaba ayudando a la agencia a detener a inmigrantes. Aquí, en la región de Hill Country, en Texas, pronto se convirtió en el rostro local de la ofensiva nacional.. “Soy amable con la gente que me encuentro”, dice Alexander, “especialmente cuando son amables conmigo”.. Ingram apenas comenzaba a recuperarse de su peor desastre natural en un siglo: la inundación de ese verano que se cobró la vida de al menos 139 personas a lo largo del río Guadalupe, entre ellas 25 niñas de Camp Mystic. En el lecho del río, imponentes cipreses calvos ahora estaban inclinados, con las ramas barridas hacia atrás por una oleada de agua y lodo de 30 pies (9 metros) y los troncos todavía cubiertos de escombros. Mientras los trabajadores de la construcción que estaban levantando de nuevo la comunidad se dirigían a sus obras por la Junction Highway, la vía principal de cinco carriles de Ingram, un Charger negro comenzó a pararlos antes de que pudieran llegar.. En los tres meses siguientes a la fiesta del bautizo, Alexander y el otro policía de Ingram entregaron al menos a 70 personas a inmigración. Uno a uno, fueron deteniendo a conductores indocumentados, una cantidad que el jefe de policía calificó de “asombrosa”. En menos de un año, entregarían al ICE el equivalente al 10% de la población de Ingram.. Alexander empezó a sentir el peso de lo que estaba haciendo después de Navidad. Cuenta que estaba patrullando mientras uno de sus nuevos supervisores del ICE, un hombre con gorra de béisbol y lentes oscuros, merodeaba cerca en un SUV sin distintivos. Cerca de la hora del almuerzo, Alexander siguió durante varias cuadras a dos hombres latinos que iban en una pickup GMC 2008, antes de pararlos. Según recuerdan ellos, les dijo que era por no poner la direccional al dar una vuelta.. Un joven iba sentado en el asiento del copiloto. Alexander revisó sus documentos y los del conductor, y determinó que los dos eran indocumentados. El agente del SUV sin distintivos se acercó por detrás. Alexander no se dio cuenta de quién era el hombre en el asiento del copiloto hasta que Martinez llegó llorando. Era su esposo, Ulices Macias, el padre de su hija recién nacida.. “Normalmente no hago esto”, recuerda Martinez que le dijo Alexander, “pero voy a abrir el carro. Voy a quitarle las esposas”. Permitió que la familia tuviera un momento juntos. En un video grabado por la hermana menor de Martinez, Alexander permaneció de pie a un lado, impasible, mientras Martinez abrazaba a Macias junto a la puerta trasera del Charger. Observó cómo Macias arrullaba a su bebé de dos semanas, envuelta en una cobija blanca, y abrazaba al hijo de cuatro años de Martinez, su hijastro.. Luego, el agente del ICE volvió a esposar a Macias, le puso una cadena alrededor de la cintura y se lo llevó. Alexander cuenta que Martinez se tiró al suelo y rompió a llorar.. Las imágenes de la familia que separó poco después de Navidad se colarían en sus pensamientos durante meses, según nos contó. Pero eso no le impidió hacer su trabajo. Su siguiente turno llegó unos días después de entregar a Macias, y ya estaba de nuevo en el Charger, de nuevo parando vehículos en la Junction Highway.. El esposo de Joanna Martinez, Ulices Macias, es detenido por Alexander el 28 de diciembre de 2025; video grabado por la hermana menor de Martinez. Cortesía de la familia Martinez. Alexander cuenta que no siempre quiso ser policía. Se describe a sí mismo como “una especie de camaleón”. Creció en la cercana localidad de Harper, probó en varias universidades sin llegar a graduarse y pasó sus veintes saltando de un trabajo a otro en el transporte de carga, el control de plagas y los seguros.. Como aún buscaba su vocación, consiguió acompañar a un policía de las afueras de Austin durante su patrullaje. Lo que lo convenció de dedicarse a la policía fue el poder que tenía aquel oficial para hacer cumplir la ley como mejor le pareciera. Ese día pararon a una mujer que tenía una orden de arresto pendiente. Volvía de la tienda con niños y el mandado en el asiento trasero.. “Puedes actuar según tu criterio”, recuerda Alexander que le dijo el policía. ¿No le harían más daño si se la llevaran? ¿Qué harían los niños sin su madre? ¿Y todo eso no supondría más papeleo? El policía la dejó marchar. Alexander se imaginó a sí mismo tomando ese tipo de decisiones. En 2021, se matriculó en la academia de policía.. Las tensiones en Ingram venían creciendo desde antes de las inundaciones. En las últimas décadas, cientos de inmigrantes mexicanos y sus familias se habían establecido ahí, a medida que una frontera cada vez más militarizada dificultaba que los trabajadores temporales de los ranchos y otros empleados cruzaran de un lado a otro. Los latinos llegarían a ser el 45% de la población. Algunos habitantes empezaron a llamar cariñosamente a Ingram “mini Guanajuato”, por el estado del centro de México de donde son originarias muchas de esas familias. Sin embargo, cuando Alexander regresó, el Concejo Municipal de Ingram seguía integrado por seis hombres blancos.. El alcalde Claud Jordan (con shorts y gorra), el jefe Dustin Breshears (en el centro) y el vicealcalde Rocky Hawkins (sentado, segundo por la derecha) asisten a una sesión del Concejo Municipal de Ingram en agosto.. Una facción del Concejo encabezada por Claud Jordan, ahora alcalde del pueblo, y Rocky Hawkins, ahora vicealcalde, llegó al poder en noviembre de 2020, en una revuelta contra un nuevo proyecto de drenaje. Eliminaron el cargo de administrador municipal de Ingram, tomaron el control directo del Departamento de Policía y empezaron a cambiar de jefe una y otra vez. Cinco exempleados municipales dicen que Hawkins usaba con frecuencia insultos racistas contra los mexicanos. Cuatro aseguran que presionó al gobierno municipal para ir tras los latinos mediante la aplicación de reglamentos o patrullajes dirigidos, y dos dicen que Jordan también lo hizo. Uno de los empleados recuerda que Hawkins se quejaba de que los mexicanos se estaban “apoderando de Ingram”. (Tanto Hawkins como Jordan se negaron a hablar de manera oficial o a responder las preguntas detalladas que les enviamos por correo electrónico. En un breve intercambio de mensajes de texto, Hawkins dijo que nada de eso era cierto, pero se negó a precisar qué objetaba).. Estos eran los hombres ante quienes el nuevo jefe, Dustin Breshears, tenía que rendir cuentas cuando el ICE reactivó el programa de fuerzas de tarea, que había estado suspendido durante doce años hasta el día en que Trump volvió a la presidencia, en enero de 2025. Bajo el gobierno del presidente Barack Obama, el ICE había ido eliminando el programa después de que algunos de los primeros sheriffs que participaron, entre ellos Joe Arpaio, del condado de Maricopa, Arizona, lo utilizaran para perseguir de forma desproporcionada a los latinos en sus comunidades. Las investigaciones del Departamento de Justicia (DOJ, por sus siglas en inglés) concluyeron que los oficiales inscritos al programa paraban a conductores latinos hasta nueve veces más que a otros conductores, y que algunos tomaban represalias violentas contra aquellos que los acusaban de aplicar perfiles raciales. Pero ahora, con Trump, se alentaba a cualquier corporación policial, por cuestionada o pequeña que fuera, a sumarse al programa.. Breshears empezó a presentarse en las reuniones del Concejo Municipal armado con estadísticas: número de arrestos desde la última reunión, número de paradas de tráfico, número de casos resueltos del rezago de cientos que había heredado… y número de lo que él llamaba “deportaciones”. (Más tarde explicó que era su forma imprecisa de referirse a las “actividades de aplicación de la ley relacionadas con la inmigración”). En la reunión del Concejo de octubre de 2025, un par de semanas después de que Alexander se presentara en la fiesta del bautizo de la familia Martinez, Breshears informó de la notable cifra de 162 paradas de tráfico realizadas en solo 20 días por los dos patrulleros de Ingram: Alexander y Christian Perez, que entonces tenía 25 años. (Perez se negó a hacer comentarios). Los policías hicieron más paradas en dos meses que el departamento en todo el año anterior. El Concejo Municipal le dio a Breshears un aumento de 18,000 dólares.. Christian Perez, otro de los policías de Ingram, en una parada de tráfico. Él y Alexander hicieron más controles en dos meses que los que el departamento había hecho en todo el año anterior.. Antes de que llegara Breshears y de que Alexander regresara a Ingram en agosto de 2025, el registro policial semanal de “The West Kerr Current”, el periódico local, documentó la rutina del trabajo policial comunitario: perros sueltos, pleitos entre vecinos, infracciones al reglamento municipal. Entonces, de repente, se llenó de conductores a los que habían parado por luces de freno defectuosas, placas dañadas, parabrisas estrellados, polarizados ilegales u otras “infracciones de equipo” sin especificar.. Breshears y Alexander niegan rotundamente tener en la mira a los latinos. “Honestamente, eso no es lo que está pasando”, dice Breshears, y señala que su medio hermano, su esposa y sus hijas tienen ascendencia mexicana. Según él, las paradas de tráfico en Ingram simplemente aumentaron en general, así que se paraba a más conductores latinos. Compartió estadísticas que mostraban que las paradas a conductores latinos eran proporcionales a su porcentaje de la población.. Alexander, que además de su sueldo base de unos 70,000 dólares ahora registraba decenas de horas al mes trabajando para el ICE, nos dijo lo mismo. “No me importa quién vaya en el carro”, dice. “De verdad que no”.. A medida que el programa del ICE se afianzaba en Ingram, las advertencias sobre Alexander y su Charger negro —el departamento tiene varios— se extendieron por toda la región de Hill Country y mucho más allá. Grupos de Facebook y WhatsApp parecían seguir cada uno de sus movimientos. El Charger estaba afuera de la taquería Rita’s. El Charger estaba cerca del Dollar General. El Charger estaba estacionado junto a la iglesia. Un integrante de un grupo de Facebook especialmente activo le mandó capturas de pantalla por mensaje, y Alexander fue pasando fotos borrosas en las que aparecía amenazador detrás de camionetas de trabajo o inclinado sobre las ventanillas de los carros.. Muchos conductores latinos que trataban de llegar a sus obras río arriba, a lo largo del Guadalupe, empezaron a manejar 90 minutos más al día para evitar el tramo de la Junction Highway que patrullaba Alexander. Los trabajadores de los ranchos empezaron a dormir en las propiedades de sus patrones en el cercano pueblo de Hunt, y solo venían a Ingram cuando sabían, o esperaban, que los policías no estarían de turno. Los vecinos se alarmaron el día en que un helicóptero de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza se mantuvo sobrevolando el pueblo y la escuela primaria quedó cerrada, con los alumnos dentro, mientras la policía buscaba a un hombre mexicano que salió corriendo en una de las paradas de tráfico de Alexander.. Una familia certificó ante notario unos documentos de tutela, por si detenían a los padres y los niños se quedaban solos. Una mujer juró que Alexander se presentó afuera de un servicio fúnebre y les pidió identificación a los asistentes. Otra mujer dijo que él los detuvo a ella y a su esposo cuando volvían de la iglesia a su casa. Las fiestas fueron escaseando. Las listas de invitados se achicaron. La gente empezó a mudarse a Kerrville y a San Antonio, y la fama de Alexander llegó hasta La Ceja, un pueblo en las montañas del centro de México, donde un vecino de edad avanzada dijo que él y otros habitantes conocían a la policía de ese pueblo de Texas. “El Charger negro”, dijo, asintiendo como quien sabe de qué habla. Calculó que unas 20 o 30 personas del pueblo habían sido deportadas hacía poco desde Ingram.. La suerte de Alexander parecía mejorar a medida que la de la familia Martinez empeoraba. Sin su esposo, a Joanna Martinez no le alcanzaba para pagar las mensualidades de la casa rodante que compartían. Con su bebé y su hijo de 4 años, volvió al cuarto donde había crecido, en la casa de su madre, llena de gente, donde también vivían varios familiares con sus hijos. Intentaba mantenerse en contacto con su esposo, Macias, por llamadas de WhatsApp, mientras trabajaba todo lo que podía limpiando casas para salir adelante. “No puedo encerrarme en mi cuarto nada más a llorar”, dice Martinez.. El invierno trajo una serie de episodios sombríos para Martinez y su familia. En enero, arrestaron a su prima cerca del autolavado cuando iba manejando a recoger a sus hijos a la escuela. El baby shower de su hermana mayor, Jazmin, se canceló por el rumor de que el Charger aparecería allí. A otro primo, también padre de un recién nacido, lo detuvieron y se lo llevaron justo frente a la casa de su madre, ante la mirada de Martinez.. Pronto, media docena de los invitados a la fiesta del bautizo de octubre ya no estaban en Ingram: algunos fueron detenidos y deportados; otros se marcharon para reunirse con familiares que ya habían sido deportados. A algunas personas les había llegado el rumor de que Alexander estaba haciendo dinero con las detenciones. Cuando una página de Facebook en español compartió una foto de él interrogando al pasajero de una pickup Ford beige, alguien publicó una imagen animada en los comentarios: una pila de billetes verdes creciendo cada vez más, en un ciclo interminable.. Alexander recibió sus primeros pagos del ICE a principios de diciembre. En enero, mientras la atención del país se volcaba en la violenta ofensiva migratoria en Minneapolis, con frecuencia él dedicaba tres o cuatro horas al día, y a veces turnos completos, a trabajar para la agencia federal. Para cuando las autoridades federales anunciaron el repliegue de agentes de Minneapolis, el 12 de febrero, Alexander ya había ganado 3,264.46 dólares por sus horas en la fuerza de tarea, según sus recibos de nómina.. Para entonces, Ingram era una de las más de 750 corporaciones de todo el país asociadas al ICE bajo el modelo de fuerza de tarea; cuando se inscribió en octubre eran poco menos de 500. Al menos 43 millones de habitantes de Estados Unidos, según un análisis de los registros del ICE realizado por la empresa de datos jurídicos Titus Consulting, ya vivían en un condado con un acuerdo de fuerza de tarea activo. Alexander era uno de los miles de oficiales comisionados por el ICE solo en Texas.. Agencias con acuerdos 287(g) del modelo de fuerza de tarea. Nivel estatal. Nivel de condado. Nivel local. Nota: Aunque el condado de Pinal, Arizona, figura como si tuviera un acuerdo vigente en los datos que mantiene el ICE, dicho acuerdo está sujeto a una orden judicial permanente, por lo que no aparece en este mapa. Fuente: Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Análisis inicial de los datos realizado por Andrew Thrasher, de la empresa de datos jurídicos Titus Consulting. Análisis adicional realizado por ProPublica. Lucas Waldron/ProPublica. En las entrevistas, Alexander calificó de “sesgado” y “extraño” el sistema migratorio que él mismo hacía cumplir, pero en buena medida se sentía ajeno a esas inquietudes. “Si recibes dinero federal para hacer un trabajo”, dice, “creo que debes hacerlo”.. Aun así, parecía tener dificultades para lidiar con las contradicciones de su función. Nos contó que a veces compartía su almuerzo con las personas que detenía y que las dejaba quedarse con sus teléfonos para llamar a sus seres queridos desde el asiento trasero del Charger. Las esposaba con las manos al frente y no por la espalda para que pudieran usarlas.. Martinez nos contó de una ocasión en la que vio a Alexander detener a uno de sus primos: permitió que la esposa y los hijos del hombre lo abrazaran para despedirse, y esperó a que la niña de siete años no estuviera viendo para poder esposarlo. A Martinez le pareció que Alexander intentaba demostrarle que no era una mala persona. “Pero no voy a caer”, asegura.. Al día siguiente, hubo una manifestación en Ingram contra las deportaciones masivas de Trump. Martinez decidió acudir. Mientras se encontraba entre unas cuantas docenas de manifestantes, agitando un cartel hecho a mano con el nombre “J. Alexander” encerrado en un círculo y tachado, lo vio pasar en su vehículo una y otra vez.. Alexander acude a un llamado. “Si soy 100 % honesto”, dice, “no me gusta que se separe a las familias”.. Unas semanas después, Katie Winer, la líder del grupo que organizó la protesta, iba siguiendo al Charger después de que Alexander detuviera a otro inmigrante en una parada de tráfico. Él se acercó a su carro y amenazó con arrestarla si volvía a seguirlo por interferir con funciones públicas. Pero también parecía tener ganas de hablar, y ella lo grabó mientras conversaban sobre lo que estaba pasando en Ingram. “Creo que ustedes le están dando más importancia que ellos mismos”, dijo sobre las personas que había entregado al ICE. Según él, las únicas excepciones eran los “bocones” como Martinez y “su grupito”.. Winer intervino para explicar que el marido de Martinez era el sustento de la familia y que fueron las acciones de Alexander las que destrozaron a esa familia.. “No fueron mis acciones”, dijo Alexander. “Fueron las suyas. Hice una parada de tráfico. Él estaba aquí ilegalmente. Eso no es culpa mía”.. Aun así, las dudas de Alexander parecían ir en aumento. En marzo, otra prima de Martinez lo encaró afuera de la taquería y, mientras lo grababa con su celular, lo presionó con preguntas sobre Macias.. “Si soy 100 % sincero”, dijo, “no me gusta que se separe a las familias, como en el caso de Joanna. Eso como que me jodió”.. Un mes después, cuando Ingram había entregado ya a más de 100 personas al ICE, circuló entre un pequeño grupo de vecinos otro video de Alexander. Mostraba una parada de tráfico al anochecer, por lo menos la quinta que Alexander hacía ese día. Había seguido desde la autopista a una Ford F-250 plateada hasta que entró en la entrada de grava de una casa móvil. Ahí, el hombre que iba en el asiento del copiloto, un jardinero llamado Victor Ramirez Hernandez, intentó meterse rápido a la casa. Alexander lo agarró antes de que pudiera llegar.. El conductor de la camioneta sacó su celular y empezó a grabar. “¿Por qué lo está arrestando?”, preguntó.. “No lo estoy arrestando”, respondió Alexander mientras batallaba colocando las esposas a Ramirez, que se retorcía. “Lo estoy deteniendo”. Luego, rodeó con las manos el pecho del trabajador, lo levantó del suelo y lo estrelló contra el camino de grava. “Me he portado bien contigo, pero se acabó”, dijo. Se sentó a horcajadas sobre Ramirez y le esposó las manos a la espalda.. “Está sangrando porque usted le pegó”, dijo el conductor, con calma. Siguieron discutiendo.. “Eres un idiota”, dijo Alexander, con la cara cada vez más roja. “Cállate. Entre más hablas, más estúpido te ves”. (Alexander se negó a comentar sobre este incidente. Breshears, que revisó las grabaciones de la cámara corporal, dice que el uso de la fuerza por parte de Alexander estuvo justificado para controlar una situación potencialmente peligrosa).. La tensión se apoderó de Ingram aquella primavera. En la comunidad latina, familiares y vecinos se acusaban mutuamente de delatarse, algo que, según Alexander, sí ocurrió. Las jóvenes se acusaban entre sí de tener aventuras con él, algo que él niega, insistiendo en que la gente simplemente malinterpretó sus intentos de ser amable. “Soy amable con la gente que conozco”, dice, “sobre todo cuando son amables conmigo”.. Uno de los blancos de estos rumores era Martinez. Ella y su hermana mayor se burlaban de esas cosas. “A estas alturas, se ha llevado a toda nuestra familia”, dice Jazmin. “¿Y ella se va a acostar con él? Es realmente molesto”. Pero algunas personas de la comunidad, incluso primos, dejaron de hablarle. “Es como Los juegos del hambre”, dice Martinez.. A medida que los latinos huían y evitaban Ingram, los pedidos diarios para llevar en un restaurante mexicano a las afueras de la ciudad bajaron de 200 a 50. Una tienda de barrio que atendía a inmigrantes perdió alrededor de la mitad de sus ingresos y a la mayoría de sus clientes habituales latinos. Los propietarios de un parque de casas móviles a las afueras de la ciudad tenían dificultades para encontrar inquilinos.. Mientras los latinos huían de Ingram o lo evitaban, muchos negocios sufrieron. En Los Altos de Jalisco, un restaurante local, los pedidos para llevar bajaron de 200 a 50 al día.. Pero la comunidad latina de Ingram no era la única golpeada. Para los dueños de negocios no hispanos del pueblo, entre ellos muchos republicanos en un condado que votó en un 77% por Trump en las elecciones de 2024, la ofensiva migratoria se estaba volviendo indignante. Se estaba llevando a gente con la que trabajaban y que conocían bien. Estaba entorpeciendo la reconstrucción tras la inundación. Estaba dañando la economía local.. El dueño de una plaza comercial muy dañada en el extremo oeste del pueblo, Steve Edelstein, lamentó perder a dos trabajadores que lo estaban ayudando a reconstruir. “Técnicamente, la policía local está haciendo su trabajo”, le dijo a un reportero de “The West Kerr Current”, y subrayó que apoyaba a Trump. “Pero no le está ayudando a la comunidad”. Un encargado de la reconstrucción del campo de Ligas Pequeñas de Ingram, que la inundación había arrasado, llamó furioso al gobierno municipal después de que se llevaran a dos de sus trabajadores, cuenta Breshears. A un contratista que ayudaba a reconstruir la oficina de correos de Hunt, que quedó destruida, le dejaron la cuadrilla en ocho trabajadores, de 30 que tenía, y un trabajo que debía tomar cuatro días se alargó a dos semanas.. Entre quienes llamaron a Jordan, el alcalde, para quejarse estaba su excompañero de la preparatoria Neal Secor, que se describe como “uno de los tipos más conservadores que vas a conocer”. Su negocio familiar, un conjunto de cabañas de renta llamado Waltonia on the River, quedó casi destruido por la inundación, y batallaba para reconstruirlo. Cuenta que esa primavera, en dos paradas de tráfico distintas, la policía de Ingram detuvo a cuatro de sus trabajadores y los entregó al ICE. A los dos últimos los pararon cuando volvían de reparar los muelles de un campamento juvenil cercano, un favor que Secor le estaba haciendo a un vecino.. Secor dice que la defensa de Jordan fue sencilla: tú votaste por esto. Todos habían votado por esto.. “Déjame decirte algo”, cuenta Secor que le dijo a Jordan. “Yo no voté por esto. Yo voté para sacar a los malos”. Los dos empleados detenidos al volver del campamento juvenil eran como de la familia: sus amigos y compañeros de trabajo desde hacía más de una década. “Todavía hay muchos malos por aquí”, siguió. “Estos no son de esos”.. Muchos trabajadores de la construcción locales han sido deportados o han abandonado Ingram, lo cual ha ralentizado las obras, incluida la recuperación tras las inundaciones de 2025 y 2026.. Secor recuerda que Jordan le dijo que los policías de Ingram solo estaban cumpliendo la ley. Pero, se preguntaba Secor, ¿por qué él podía manejar todos los días a 85 millas por hora en la interestatal, donde el límite es de 75, y los policías simplemente lo dejaban pasar? Le contó a Jordan que había recorrido 175,000 millas con su camioneta y nunca lo habían parado. “Es cuestión de qué leyes quieres aplicar y cuáles no”, recuerda haberle dicho al alcalde. “Todos infringimos leyes cada día, si de verdad nos ponemos estrictos”.. En abril, en una calle secundaria sin pavimentar de las colinas de Ingram, Alexander volvió a enfrentarse a la decisión de si separar o no a una joven familia. Esta vez tenía más margen de maniobra: el ICE aún no había llegado. Una mujer llamada Norma Luján lo tomó de la mano y le dijo que rezaba por él.. Luján, de 61 años, dirige una exitosa empresa de limpieza de casas con sede en Ingram. Había oído hablar de Alexander mucho antes de encararlo. También lo había visto en el Charger, a un lado de la Junction Highway, cuando se dirigía a sus trabajos en casas vacacionales o en campamentos juveniles en Hunt. Y al costado de la carretera, de regreso. Una tarde, lo vio durante cuatro angustiosos minutos por el espejo retrovisor. Sus “muchachas”, como llamaba a su cuadrilla, contenían la respiración y se hundían en los asientos, protegidas por el polarizado de los vidrios y por el hecho de que un lector de placas mostraría que el vehículo estaba registrado a nombre de ella: una ciudadana estadounidense nacida en Texas.. Norma Luján encaró a Alexander después de que él detuviera al esposo de una mujer que trabajaba en su empresa de limpieza de casas. “Necesito que mires dentro de tu corazón”, le dijo, “y que lo dejes ir”.. En enero, en el autolavado, Alexander había colaborado con un ayudante del sheriff para detener a una de las mejores empleadas de Luján. La mujer, Cinthya Carranza, era madre soltera y solicitante de asilo originaria de Guanajuato, y además prima de Joanna Martinez. Carranza iba a recoger a sus hijos de la escuela después de pasar el día limpiando casas junto con Luján. Más tarde, ese mismo día, Luján vio una publicación en Facebook donde aparecía un rostro familiar en una foto policial: el de Carranza. Luján rompió a llorar. Para ella, ese arresto marcó un antes y un después. Hasta entonces, el Charger había detenido sobre todo a hombres. En ese momento entendió que nadie estaba a salvo.. Luján empezó a perder trabajadoras en masa después de que se llevaran a Carranza: algunas en paradas de tráfico, pero la mayoría por miedo a tener que pasar por Ingram. Su equipo de 30 personas bajó a menos de 10. Le preocupaba su negocio, pero, según dijo, le preocupaban más sus trabajadoras, las vidas que habían construido en Ingram y la relación que había formado con ellas. La invitaban a fiestas y bautizos, y la sorprendían con regalos en su cumpleaños. Muchas veces ella guiaba la oración. “Las quiero”, afirma. Prometió que intentaría protegerlas.. Cuando Maria, una empleada de Luján, llamó esa tarde de abril para decirle que el oficial del Charger estaba afuera de su casa deteniendo a su esposo a la vuelta del trabajo, Luján entró en acción. Maria, que pidió que la identificáramos por su segundo nombre porque es indocumentada, tenía ocho meses de embarazo y estaba aterrada de dar a luz sola. Alexander se había llevado a su hermano una semana antes. Ahora Maria se escondía detrás de las cortinas de su casa, asomándose a escondidas, con la esperanza de que Alexander dejara ir a su marido.. Una de las empleadas de la empresa de limpieza de Luján, originaria de Guatemala, limpiando una vivienda en Kerrville, Texas. Ha pedido que no se revele su nombre ni su rostro para proteger su privacidad.. “Cálmate”, se dijo Luján mientras se acercaba al Charger. “Cálmate”. Respiró hondo. Cuenta que Alexander estaba sentado en el asiento del conductor, con la puerta abierta, mirando fijamente una tableta.. “Mira, su esposa ha tenido un embarazo complicado”, le dijo. (Era cierto). “Está en el hospital”. (Por esa mentira, cuenta Luján, después rezó para pedir perdón).. Entonces Luján estiró la mano y tomó la de Alexander. “Rezo por tu ser, por tu alma”, recuerda que le dijo llorando. “Quiero que pienses en lo que estás haciendo. Siéntelo. Siéntelo, por favor”. Le apretó la mano. “Necesito que mires dentro de tu corazón”, siguió, “y que lo dejes ir”.. Según cuenta Luján, al principio Alexander no reaccionó. “Dios quería que te conociera”, le dijo ella. Él la miró a los ojos.. “Soy ese tipo del que todo el mundo habla en Facebook”, recuerda que él dijo por fin. “Si crees que no pierdo el sueño, te equivocas”.. Luján habló a pesar del nudo que tenía en la garganta. “Voy a rezar por ti todas las noches”, le prometió. Cuenta que Alexander también le apretó la mano y luego la soltó. Se alejó para hacer una llamada. Ella no alcanzó a entender mucho de lo que decía. Había silencio, salvo por los sollozos de Luján y el crujido de las piedritas del camino sin pavimentar bajo los pies del policía.. Luego regresó al Charger. “Sácalo del carro”, recuerda Luján que dijo. “Apúrate”.. “Que Dios te bendiga”, dijo Luján. “Dios te lo va a pagar”.. Alexander dice que no recuerda los detalles de su encuentro con Luján, pero confirma que dejó ir al esposo de Maria, y lo describe como una cuestión de “decencia humana”. Sabía lo difícil que es criar hijos. “Una mujer necesita descansar”, dice. “Necesita ayuda”. El esposo de Maria “tiene que estar ahí ayudando”.. El turno de noche en una planta de procesamiento de carne de Ingram, dos días antes de que dos empleados que se dirigían al trabajo fueran detenidos y entregados al ICE. El resto de trabajadores varones renunciaron poco después.. Al principio, nada pareció cambiar. Durante los dos meses siguientes, mientras la región de Hill Country se preparaba para recibir de nuevo a los turistas y campistas de verano tras la devastación causada por las inundaciones, Alexander trabajó unas 100 horas en la fuerza de tarea; ganó casi 5,000 dólares del ICE.. Pero, la siguiente vez que se encontró con Joanna Martinez, parecía tener dudas. Era principios de junio y llevaba ocho meses en el programa del ICE. Había detenido en la Junction Highway a otro amigo de su familia, una persona que ella conocía desde la infancia. Martinez recibió una llamada y se apresuró a acudir al lugar, como había hecho tantas veces antes. “No me siento bien con esto”, recuerda que le dijo él cuando llegó. “Me alisté para ser policía, no agente de ICE”. (Alexander recuerda que hablaron y que pudo haber dicho algo así).. Más tarde, ese mismo mes, detuvo a un joven de Honduras que se dirigía a un partido de fútbol con su primo, un niño de 12 años con discapacidad intelectual. El padre del niño cuenta que él y su esposa se escondieron al otro lado de la calle observando cómo sucedía todo, demasiado aterrorizados para salir y reclamar a su hijo. Los padres enviaron a una amiga de la iglesia, pero ella no era su tutora legal. Alexander afirma que no tuvo más remedio que entregar al niño al ICE, aunque añade que, si fuera uno de los padres, lo vería de otra manera. “Si estuviera en esa situación, de ninguna manera dejaría marchar a mi hijo”, nos dijo. “Probablemente me enfrentaría a alguien”.. En un par de semanas, las horas de Alexander en la fuerza de tarea bajaron cerca de un 40%, según sus recibos de nómina. No está claro si intentó alejarse del trabajo migratorio o si simplemente quedaban menos conductores indocumentados en Ingram por todo lo que ya había hecho él.. Según el jefe Breshears, hasta agosto de este año Ingram había registrado 194 “incidentes relacionados con la inmigración”. Breshears no pudo precisar si cada entrega terminó en una deportación. Alexander dice que no sabe cuántas de esas 194 personas son gente que él paró. Pero dice que ya ha dejado ir al menos a 10 personas, muchas de ellas, aunque no todas, madres de niños pequeños.. Alexander ve esto, y su relación con la familia Martinez, como prueba de su humanidad, a pesar de lo que la gente dice de él. “Para ponerlo en contexto, he deportado a unos seis miembros de su familia y siguen tratándome con amabilidad”, afirma. “Así que no soy el monstruo que dicen que soy”.. El 16 de julio, volvió a desatarse un aguacero sobre Ingram. Cayeron casi 19 pulgadas de lluvia en un solo día y el río Guadalupe se desbordó otra vez. Destruyó nuevamente negocios y viviendas. En la oscuridad de la madrugada, en las primeras horas de la emergencia, Alexander salió a toda velocidad hacia Ingram en su Charger negro para ayudar. Apenas había salido de su casa cuando las crecientes aguas arrasaron el vehículo y destruyeron el bloque del motor de su patrulla. El conductor en una pickup lo llevó de regreso a casa y se quedó allí hasta que la tormenta pasó.. Alexander sigue siendo solo un engrane de una maquinaria de deportación a la que la administración federal ha destinado 240,000 millones de dólares. Hoy día, más de 1,900 agencias en al menos 30 estados se han sumado al modelo de fuerza de tarea del ICE, con más de 29,000 oficiales comisionados. Con su ayuda, el ICE alcanzó hace poco un récord de arrestos migratorios: más de 50,000 en agosto.. El 11 de septiembre, Alexander se reunió con uno de nosotros en un local de tacos de Junction Highway. Ingram había cambiado en el año transcurrido desde su regreso. Barrios enteros se habían quedado vacíos y los habitantes de Ingram notaban menos conductores en las calles. En parte gracias al dinero del ICE, el departamento de policía había contratado a dos policías más. Mientras por las bocinas sonaba una balada mexicana, Alexander advirtió que no había que darle demasiada importancia a la indulgencia que había mostrado con familias como la de María. “Es como un pase libre, supongo”, dijo. Si se volvía a encontrar con su esposo durante un control de tráfico, probablemente lo entregaría al ICE. Simplemente pensó que dejar ir al futuro papá era lo correcto en ese momento. “Digo, ¿tú no?”, preguntó.. Dijo que no había ganado tanto dinero trabajando con ICE. Pero los registros municipales muestran que sus ingresos procedentes de la agencia federal ascendían a los 18,793.25 dólares en nueve meses, más de una cuarta parte de su sueldo base. “Creo que está un poco sesgado”, mencionó, mirando los recibos de nómina que habíamos recopilado.. Alexander dijo que le cuesta salir a la calle. No puede evitar que lo reconozcan en Ingram y en Kerrville. A veces se da cuenta de que algunos latinos lo miran fijamente y luego se alejan, visiblemente incómodos. Por eso intenta hacer sus compras y mandados en otra localidad, a 30 minutos de ahí.. Un conductor pasa junto a uno de los Charger negros del Departamento de Policía de Ingram en la Junction Highway.. Culpó a los grupos de Facebook. Según él, habían creado un clima de “miedo injustificado” en Ingram. “¿Qué creen que voy a hacer ahora mismo?”, preguntó, sentado en una mesa de la taquería. No dejaban de llegar clientes, muchos de ellos blancos, a un mostrador atendido por dos hermanas mexicanas jóvenes. Dijo que el papá de las hermanas solía esconderse en Hunt para no ser detenido en este pueblo. Algunos de sus compañeros de trabajo habían renunciado meses atrás porque les resultaba demasiado incómodo atender a Alexander cuando llegaba a desayunar. Pero cuando la dueña de la taquería lo ve, según contó él, lo abraza.. “Conozco la situación de todos en este lugar”, dijo. Insinuó que todos los trabajadores allí eran indocumentados. Que desaparecieran o se les permitiera quedarse dependía de él. Y hoy, al menos, solo estaba ahí para desayunar.. “Ellas están bien, ¿o no?”.

     

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